Friday, May 18, 2012
   
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Saturday, 21 January 2012 16:57

Autoayuda: caso José Antonio Tavera Castillo

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Serie: Los Múltiples Rostros de la Resiliencia

“Un día cayó en mi vida un demonio disfrazado de ángel que consiguió destrozarlo todo para siempre; la fuerza de mi madre y la presencia de la Virgen María me han salvado de hundirme definitivamente en el infierno”.

Por: Psicólogo Juan José Cañas Serrano
Marketing Katya Fernanda Cañas Sánchez

El caso que se pone a consideración de los lectores en el día de hoy resulta especialmente difícil tanto para los lectores como para los autores. Para los lectores, porque es muy posible que se hayan  acostumbrado a pensar en la resiliencia como un fenómeno que tiene que ver más con la dimensión física de las personas que con la emocional, más en términos de daño físico que de daño psíquico. Cuesta más trabajo ver la resiliencia en el contexto de una violación que de haber perdido las dos piernas como consecuencia de haber pisado una mina quiebrapatas. Para los autores, porque tendrán que enfatizar más en la descripción del evento traumático y en el daño psíquico ocasionado en las proximidades del hecho, que en mostrar cómo éste fue superado. Esperamos tener suerte en hacerles ver que este caso está al nivel de los anteriores y que constituye, en esa medida, un genuino ejemplo de resiliencia.    
La pederastia sacerdotal es una especie de virus psicosexual que se ha expandido peligrosamente por el mundo, sumando ya millones de víctimas.  Aunque siempre ha existido, sólo en los últimos tiempos se ha vuelto de dominio público. Debido a ella, ha habido escándalos en los Estados Unidos, Bélgica, México, Irlanda, Alemania, Brasil, o sea, a lo largo y ancho del planeta. Colombia no es la excepción; el 28 de septiembre de 2006, dos hombres, ambos con más de cincuenta años, decidieron hablar de las agresiones sexuales de que habían sido objeto por parte de su director espiritual en un centro de formación sacerdotal para niños pobres.
Consideramos pertinente resaltar otra característica del caso de hoy; aunque el artículo girará en torno a José Antonio Tavera Castillo, que fue, hace cuarenta y cinco años, cuando cursaba primero de bachillerato en el instituto Tihamer Toth, víctima de abuso sexual por parte del sacerdote Efraín Rozo, quien era su director espiritual, inevitablemente también se hará referencia a éste por el papel determinante que jugó en su vida. Sus acciones lo marcaron tanto, que en el primer párrafo de su libro Jinetes de la pederastia textualmente manifiesta “Un día cayó en mi vida un demonio disfrazado de ángel que consiguió destrozarlo todo para siempre; la fuerza de mi madre y la presencia de la Virgen María me han salvado de hundirme definitivamente en el infierno”.


El hecho traumático

Por la época en que José Antonio iba a iniciar el bachillerato, una tía le sugirió a su mamá el seminario Tihamer Toth, según ella, allí tenían todo: comida, educación, disciplina, buenas y sanas amistades, y, sobre todo, protección, porque estaba dirigido por sacerdotes católicos, apostólicos y romanos. A ella le gustó la idea; fue aceptado en el seminario.
Al poco tiempo de haber llegado al Tihamer Toth, un estudiante de los niveles superiores se le acercó y le habló de la importancia de contar con un “director espiritual” y  le insinuó al padre Rozo para esa función, éste podría suplir a su padre ausente. Al joven le entusiasmó esta posibilidad, lo buscó y habló con él; en el primer diálogo que sostuvieron el sacerdote empezó preguntándole  cuánto hacía que no se confesaba y comulgaba y abruptamente pasó a interrogarlo sobre aspectos que a él le parecieron extraños: si tenía vellos en el pubis, si manchaba los calzoncillos, si su pene era grande.  
Posteriormente, en una ocasión en que no cumplió con una tarea, fue remitido al padre Rozo, éste insistió con las preguntas que le había hecho en el anterior encuentro: “¿Tienes vellos, te tocas, te mojas?” Una  y otra vez el niño le respondió lo mismo: “No señor”. Esos extraños interrogantes, que no entendía, adquirieron significado para él unos días antes de  Semana Santa cuando se despertó al sentir que de su pene salía algo; pensó inicialmente que se había orinado pero se dio cuenta que era un líquido espeso y pegajoso, que no conocía. No pudo volver a conciliar el sueño, la angustia no lo dejaba dormir; en las horas de la mañana buscó afanosamente al padre Rozo, se sentía sucio, pensaba que debía confesar lo ocurrido.  

Cuando le contó al sacerdote, éste le confirmó que había pecado y agregó que por ningún motivo debía tocar su cuerpo, le puso como penitencia darse cinco latigazos; en ese momento sintió un miedo nunca antes experimentado, pensó que se iba a ir al infierno; a la hora del baño intentó azotarse con el cinturón en la espalda y en las nalgas, pero no pudo.  

En la noche, alrededor de las nueve, se dirigió a la celda del padre Rozo para pedirle que le hiciera claridad sobre lo que le estaba sucediendo; éste lo hizo seguir, le preguntó

que le pasaba y cuando el joven le dijo que no había podido cumplir la penitencia impuesta le enfatizó en que ése era un hecho grave; el joven quedó paralizado de miedo. Acto seguido le manifestó que le iba a ayudar, lo instó que se arrodillara y se bajara los pantalones y lo azotó con violencia en las nalgas. José Antonio intentó pararse pero el dolor se lo impidió, el sacerdote se arrodilló a su lado, comenzó a acariciarlo y terminó penetrándolo sin ningún miramiento; para evitar que gritara apretó fuertemente su boca. Mientras lo penetraba le decía “¡silencio!”, “que nadie oiga. ¡Silencio!”, cuando terminó le dijo: “Mono, no comente esto con nadie, es un secreto entre los dos”; el niño fue al baño y allí vomitó y sangró en cantidades; el dolor era insoportable; por varios días debió utilizar tres calzoncillos y papel higiénico para no manchar el pantalón.

No obstante el dolor y la confusión, no le contó a nadie lo que le había pasado; las palabras del padre Rozo martillaban en su mente y le impedían actuar: “Es un secreto entre los dos, calla, es el destino que nos ha señalado el Señor”. Al otro día de la violación fue al confesionario porque no tenía muy claro lo sucedido; únicamente sentía dolor y apenas podía caminar. Quería expresarle que se sentía sucio y que estaba asustado porque cada vez que iba al baño sangraba copiosamente. No le permitió hablar más, le repitió que lo sucedido era “un acto de amor y que había ocurrido por la falta de padre”.
En algún momento le dijo: “Mono lo que pasó entre nosotros no es pecado, es únicamente una expresión más del amor. Te veo tan solitario que me siento obligado a amarte especialmente, pero, como te he dicho, nuestra relación debe ser un secreto entre los dos; los muchachos son muy envidiosos y se sentirían mal sabiendo que yo te tengo un amor tan especial, pero lo que hago como sacerdote y representante de Dios no es nada malo. Nosotros no pecamos. Somos sacerdotes y nuestros actos son buenos y enmarcados en el amor y el servicio a nuestros semejantes y al Creador”.


El daño psíquico

Hechos como los narrados en el caso anterior generan en la víctima miedo y ansiedad, ponen en peligro su integridad física o psicológica y la colocan en una situación de indefensión tal que impide que sea capaz de afrontarla con sus recursos psicológicos habituales. 
El abuso sexual infantil ocasiona, en un alto porcentaje de las víctimas,  daño psíquico; las alteraciones que se producen en su salud mental se traducen en mal funcionamiento en las esferas emocional, social, afectiva, lo que determina que se vean afectadas su capacidad de reacción, relación y adaptación.
El daño psicológico hace referencia tanto a las lesiones psíquicas agudas producidas en la víctima por un hecho delictivo, que, en algunos casos, pueden remitir con el paso del tiempo, el apoyo social o un tratamiento psicológico adecuado; como a las secuelas emocionales que persisten de forma crónica, como consecuencia del suceso sufrido y que interfieren negativamente en su vida cotidiana. En las dos situaciones, es consecuencia de la presencia de un evento traumático que desborda la capacidad de afrontamiento y de adaptación de la víctima.    
El abuso sexual infantil conlleva secuelas devastadoras en las víctimas, impacta negativamente en sus vidas; a partir del evento traumático las personas no vuelven a ser las mismas, pareciera como si quedaran lisiadas, es usual que la vergüenza y la culpa, emociones que tienen un efecto psíquico arrasador, hagan su aparición.  

El ASI usualmente fractura la vida de la persona que padece esta forma de violencia; se produce un cambio en su vida, relacionada con sus costumbres, hábitos, posturas; afecta su forma de relacionarse, su confianza, su seguridad familiar, social y cultural; configura una situación de alto stress que conmociona profundamente a quien se ve abocado a esta variante delictiva. Conlleva cambios importantes en su comportamiento y personalidad; usualmente  se observan sentimientos de tristeza, culpabilidad, pérdida de identidad, desconfianza, pérdida de dignidad, ira, rechazo familiar, rechazo hacia el medio social, pérdida de autonomía, ideas obsesivas relacionadas al hecho traumático-delictivo, pesadillas permanentes, llanto incontrolado, angustia, depresión, sentimientos de soledad y abandono.

Vincular, en un ser en proceso de desarrollo, afecto con abuso sexual, le genera a éste múltiples confusiones: con frecuencia el menor abusado no sabe si eso tenía que ocurrir, si le ocurre a todos, si hay que evitar que ocurra y cómo; además le dificulta diferenciar entre amor y placer; la  confusión es parte del daño psíquico.
Quienes han sido víctimas de abuso sexual infantil sufren, tal y como lo plantea la psicóloga argentina Hilda Marchiori, física, psicológica y socialmente. Usualmente se trata de niñas, niños y adolescentes que han sido inducidos, compelidos a conocer y experimentar la sexualidad del mundo adulto; sorprendidos por la seducción, por la atracción que provoca su cuerpo y por el descubrimiento de las transformaciones del cuerpo del adulto; que se ven involucrados en actividades sexuales con adultos que no comprenden en forma total y que, por tal razón, no están en condiciones de dar su consentimiento. El desfase existente entre su desarrollo real y las vivencias a las que se ven abocados los marcará de cara a sus relaciones futuras. Confusión, culpa, vergüenza, miedo, son algunos de los sentimientos que se generan en los menores que  son iniciados por un adulto tempranamente en la actividad sexual.

Las víctimas del abuso sexual suelen sentirse diferentes, raras, señaladas; viven el abuso como si lo hubieran provocado, como si fueran, porque no hablaron, porque lo aceptaron, porque no se defendieron, porque se sometieron, los responsables. La sensación de singularidad, de ser diferente, es una de las secuelas más graves a las que se ve abocada una persona que ha sido abusada sexualmente en su infancia; equivale a sentirse dolorosamente aislada de los demás, impide que se relaciones con otras personas y disfrute de una vida plena.
Las víctimas de abuso sexual infantil tienen la sensación que su cuerpo es distinto al de los demás. A más de los cambios físicos que experimentan por encontrarse en una fase de desarrollo, sus cuerpos suelen sexualizarse en forma prematura; pueden, por ejemplo, experimentar orgasmos debido a la sexualización temprana; son cuerpos infantiles que funcionan como cuerpos adultos. Esos cambios las asustan y desconciertan y las inducen a pensar que sus cuerpos están dañados


El reclamo

Tuvieron que pasar cuarenta años para que José Antonio Tavera decidiera contarlo todo y se atreviera a exigir una investigación. Su reclamo comenzó en el 2004, cuando la Iglesia celebró el cincuentavo aniversario de la fundación del Tihamer Toth; consideró aberrante esa situación y decidió hablar. "No había derecho que la Iglesia celebrara eso”, manifestó. Pidió a las jerarquías eclesiásticas la excomunión pública de los sacerdotes implicados A partir  de ese momento inició una campaña a través de Internet, dando a conocer lo que  había vivido en esa institución y lo que sabía le había sucedido a otros compañeros.   
El 7 de julio del 2006, Jorge Londoño, gobernador de Boyacá, condecoró a Efraín Rozo en reconocimiento a que había dedicado su vida a promover el deporte entre niños y jóvenes.  Esta distinción generó un gran malestar en José Antonio Tavera, que no entendía como una persona que en tantas ocasiones los había atropellado y que tanto daño les había ocasionado con sus agresiones sexuales, podía ser  homenajeada en esa forma. Decidió ventilar la historia oscura del sacerdote Efraín Rozo y en  La W contó todo lo que había vivido 40 años atrás en el Instituto Tihamer Toth, que era un centro de formación de niños pobres que querían ser sacerdotes.


¿Por qué se lo considera resiliente?

A la luz de los derechos humanos y de los derechos de los niños, es incuestionable que un buen número de los seminaristas niños que estudiaban en el Tihamer Toth fueron víctimas de los más sutiles y execrables abusos contra la dignidad humana. La cadena de abusos a que se los sometió allí, determinaron que muchos de ellos terminaran en el alcoholismo, las drogas, la locura, el homosexualismo, e incluso, el suicidio. Después de haber vivido esa tragedia, no era nada fácil cargar durante toda la vida con ese secreto, sintiéndose culpables de haber participado en las actividades abusivas y luchando cotidianamente contra los deseos de hacer algo que su mente les indicaba que no debían hacer.
Como lo señala en su libro Jinetes de la pederastia, José Antonio cayó en la telaraña tejida por Efraín Rozo y participó en forma activa y gustosa en los encuentros sexuales propiciados por éste; no obstante, a partir del momento en que se dio cuenta que había sido engañado y que fue consciente que había participado en actos que consideraba contra natura, se vio abocado permanentemente a intensos sentimientos de culpa y a intensos conflictos de tipo psicológico, que lo tuvieron al borde la locura y del suicidio. Afortunadamente para él y para los que hacían parte de su entorno, logró redireccionar su vida y funcionar en las dimensiones emocional, afectiva, laboral, social en  forma relativa mente normal. En el área sexoafectiva, la más afectada, logró salir adelante, se casó,  cuenta con un hogar estable y constituye es un ejemplo de vida para sus hijos.   


* Psicólogo Juan José Cañas Serrano, Presidente Capítulo Santander COLPSIC*, This e-mail address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it
* MA Marketing Katya Fernanda Cañas Sánchez, Profesora Universidad Sergio Arboleda, This e-mail address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it

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