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Friday, 23 December 2011 20:04

‘El campeón de la vida’

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Serie Los múltiples rostros de la Resiliencia

Autoayuda

Caso Luis Fernando Montoya,

Luis Fernando Montoya obtuvo con el Once Caldas el título de campeón del fútbol colombiano, después de 53 largos años de espera. Al año siguiente logró una hazaña que no estaba en las cuentas ni de los más optimistas, lo sacó campeón de la Copa Libertadores de América.

Por: Psicólogo Juan José Cañas Serrano.*

Fernanda Cañas Sánchez.*

El miércoles 22 de diciembre del 2004, Luis Fernando Montoya fue objeto de una agresión mortal cuando salió a recibir a su esposa, que regresaba de hacer algunas compras y retirar dinero del banco; recibió un disparo de un hombre que la había seguido e intentaba atracarla. El proyectil entró entre la tercera y cuarta vértebras cervicales y se alojó en el canal cervical, produciendo una sección de la médula espinal, lesión que no solo lo dejó  cuadripléjico sino que le impedía respirar. Permaneció cinco años conectado a un ventilador mecánico, que no le permitía sostener conversaciones largas.

Siete años después, impacta con su capacidad de superación dictando clases de fútbol en el SENA y en el Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid y convirtiéndose en consultor futbolístico. Le ganó la lucha al infortunio, ha superado con fe y tesón sus limitaciones; ha mostrado capacidad para superar las adversidades; se resistió a quedar prisionero de circunstancias que no buscó; no quedó lamentándose porque la gloria lo abandonó.

El deseo de ver crecer a su hijo José Fernando y su anhelo de volver a dirigir no solo lo mantienen vivo sino que han sido determinantes en su recuperación. En la actualidad, vive con la ilusión de percibir la más mínima sensación de movimiento en sus extremidades superiores e inferiores. Constituye un referente para los enfermos, los discapacitados y las personas que no le encuentran sentido a su existir.


Breve biografía

Luis Fernando Montoya nació el 23 de julio de 1961 en el municipio de Caldas, departamento de Antioquia, Colombia. Cuando llegó al Once Caldas  a principios del 2003, no era muy conocido en los medios futbolísticos. No obstante, en esa misma temporada obtuvo con este equipo el título de campeón del fútbol colombiano, después de 53 largos años de espera. Al año siguiente logró una hazaña que no estaba en las cuentas ni de los más optimistas, lo sacó campeón de la Copa Libertadores de América.

Como si la vida quisiera pasarle la cuenta de cobro por sus alegrías, paradójicamente en ese momento, diciembre de 2004, cuando estaba en su apogeo, empezó la racha negativa, a la que aún está abocado. A dos disparos de terminar la ronda de penaltis su equipo aventajaba al FC Oporto de Portugal;   desafortunadamente uno de los jugadores en quien más confiaba erró su tiro y ahí terminó todo para el Once Caldas en la Copa Internacional.

A su regreso del Japón decidió retirarse del Once Caldas, estaba optimista, todo le sonreía, estudiaba ofertas de México, Argentina y Brasil. Aquel fin de año lo único que deseaba era compartir con su gente tantas bendiciones recibidas. Justo en ese momento, en que estaba desempleado, fue herido. Ese castillo, que le había llevado veinte años construir, se derrumbó en el momento en que recibió el disparo.


El hecho traumático

El 22 de diciembre de 2004, como la costumbre de Luis Fernando Montoya siempre había sido darle aguinaldo en Navidad a los niños menos favorecidos del municipio de Caldas, le pidió a su señora que fuera a comprar juguetes para ellos; ella salió alrededor de las 9:00 a.m. a hacerlo y a sacar una plata que necesitaba su esposo; sacó el dinero y se regresó para Caldas. Cuando llegó a la casa, empujó y vio  que Luis Fernando estaba sentado jugando armatodo con su hijo en la sala. Al verla Luis Fernando se paró; en ese momento ella sintió que un tipo se le tiró encima, le puso un arma en la cabeza y le pidió la plata. Al presenciar dicha situación, Luis Fernando intentó sacar la plata que tenía en el bolsillo de su pantalón y en ese instante el tipo le disparó, le arrebató el bolso y partió en una moto.

En el Hospital se le diagnosticó una lesión a nivel cervical (C2 y C3), que comprometía la médula espinal y determinaba que quedaría cuadripléjico. Luego de cuatro semanas en cuidados intensivos fue trasladado a cuidados especiales, donde se le detectó una infección y falla renal. Ese fue el día que se puso más grave y tuvieron que decidir la diálisis, puesto que “si no se le hacía la terapia se moría; ese proceso lo estabilizó en la UCI y luego lo pasamos de nuevo a cuidados especiales al superar el difícil percance”.


El duro proceso de recuperación

Cuando Luis Fernando comprendió la magnitud de su tragedia, su reacción inicial fue de tristeza, se sentía muy mal; lloró muchas veces preguntándose por qué le había pasado eso a él, si no estaba haciendo nada malo. Fueron frecuentes los momentos en que se deprimió; pensar que en las canchas había  mucha actividad y que no podía intervenir lo entristecía. No obstante, entendía que debía asimilar la realidad de su tragedia y contribuir en el proceso de recuperación.

El 29 de abril de 2005 empezó a pensar de manera diferente convencido de que “Dios tiene una responsabilidad conmigo y me reserva para algo muy grande, ya que no estaba haciendo nada malo, sólo jugaba con mi niño, el día de la tragedia. Yo sé que mi caso era para no estar vivo y eso me demuestran las cosas buenas que Dios tiene para mí”. “Mi Dios verá” ha sido la  frase de batalla de Luis Fernando Montoya.

Posteriormente, para acelerar el proceso de recuperación, decidieron hacerle un trasplante de células madre, que le permitiera dejar el ventilador mecánico y respirar por su propia cuenta. En septiembre de 2005 se le colocó un marcapasos diafragmático, que costó cerca de 50.000 dólares y fue donado por la FIFA.

En febrero de 2008 le hicieron en la Clínica de las Américas la plicatura diafragmática; cirugía que consistió en planchar el diafragma para que resistiera más con el pulmón izquierdo, ya que el derecho quedó sin vida; actualmente, el pulmón izquierdo le funciona al 300 por ciento, no necesita ninguna conexión extra para darle el oxígeno que necesita. Luis Fernando reaccionó tan bien a esta cirugía que se propuso dar un verdadero ejemplo con su superación y le prometió a José Fernando, como regalo de niño Dios, respirar solo a final de 2009. Retomó y aceleró las terapias respiratorias. El regalo del Niño Jesús llegó anticipado a la casa de José Fernando, ya que su papá respiró solo las 24 horas a partir del 3 de noviembre de 2009 cuando se sintió “pleno y feliz ser capaz de dominar el miedo de la noche”. Un mes antes de lo planeado, Luis Fernando Montoya había dado un paso gigante en la búsqueda de la calidad de vida. Ya no dependía del ventilador mecánico ni tenía que  conectado a una pipeta de oxígeno. Sobrevivía por su cuenta y su respiración, después de casi cinco años del accidente, volvió a ser normal.

A los cinco años de iniciado el proceso se produjo un hecho altamente esperanzador, Luis Fernando presentó sensibilidad segmentada muy leve en sus extremidades. “Hay momentos en los que siento un poquito el empeine del pie izquierdo, me veo moviendo las manos y de manera lenta, pero efectiva, noto mis progresos”. 

En enero de 2010 se le implantó un neuro estimulador de esfínteres. Esta intervención le generó felicidad, porque le “pude poner fin a la penitencia de los pañales después de más de cinco años para sentirme más aseado y tranquilo; además, el estimulador de raíces sacras me ha ayudado en el control de la orina”. Usar de nuevo calzoncillos, poder hacer sus necesidades y recuperar algunas sensaciones también sirvió  para mejorar su calidad de vida.


El impacto de lo sucedido

Hechos delictivos, como el acaecido a Luis Fernando Montoya, afectan profundamente a la víctima, fracturan su vida, alteran sus costumbres, sus hábitos, sus percepciones, sus relaciones, sus  emociones, sus posturas; configuran una situación de gran tensión que marca a quien lo padece; el sufrimiento abarca los planos físico, social, emocional, familiar.

Como se sabe, en relación con este caso, el impacto no se circunscribió al momento de los hechos, sino que sus efectos han perdurado durante los siete años que han transcurrido desde que recibió el disparo. Lo sucedido ha incidido en su vida afectiva, familiar, laboral,  ha condicionado sus pensamientos y emociones, ha afectado su seguridad, su sentido de dirección, la forma como se ve a sí mismo, sus estados de ánimo, sus ganas de vivir, el disfrute que hace de la vida, e incluso, sus hábitos alimenticios, de sueño y sexuales. 

En la magnitud del daño psicológico ocasionado por el acto delictivo han incidido el tipo de violencia sufrida, las características de personalidad de la víctima, la reacción de la familia y del medio social. El apoyo de  su familia ha sido total, todo el tiempo su esposa y familiares más cercanos han estado junto a él. No obstante, en ocasiones se ha sentido una carga para su esposa y su hijo y ha pensado en la muerte. En lo que respecta a la respuesta social, difícilmente un colombiano ha sido objeto de tantas  manifestaciones de solidaridad. Si la salud física y mental del profesor Montoya dependiera de la respuesta de su familia, del establecimiento y de la comunidad no tendría de qué preocuparse, estaría al otro lado del río. 

El hecho delictivo no sólo afectó a Luis Fernando, si bien la víctima “oficial” fue él, la onda expansiva de la agresión alcanzó en forma plena a su esposa y a su hijo. No cabe la menor duda que los disparos asesinos también impactaron a su señora. De un futuro que avizoraba como halagüeño, cómodo, lleno de experiencias enriquecedoras, pasó a la dolorosa realidad de ver reducido a su esposo a una condición de dependencia extrema, a verse no sólo desprotegida económicamente sino expuesta, por los costos médicos y hospitalarios,  a un ritmo de gastos insostenible, abocada a la perspectiva de tener que dedicarse a atenderlo en forma permanente sin recibir en lo sexual, en lo afectivo, en lo social, en lo económico, nada a cambio.


Factores que contribuyeron a su recuperación

Haber superado tanta cirugía, resistir los experimentos y encontrar un organismo con respuestas positivas ratifican que el caso de Luis Fernando Montoya tiene algo de milagroso; el 98 por ciento de las personas con este tipo de lesión se mueren antes de llegar a la clínica. No obstante lo anterior, es posible reseñar un paquete de factores responsables de la significativa mejoría que ha experimentado:

  1. La agilidad con que actuó su esposa en el momento del intento de homicidio fue determinante para salvarle la vida; según los especialistas, si hubiera llegado al hospital dos minutos más tarde habría muerto.
  2. El haber sabido que 31 de diciembre de 2004, había sido elegido como Mejor Técnico de América. Aunque apenas vino a enterarse de su conquista a mediados de enero de 2005, la  noticia fue un bálsamo en medio de la tragedia.
  3. El apoyo que Bancolombia le proporcionó a su señora, pagándole una licencia remunerada mientras ella se dedicaba a atenderlo; además de contar con un salario, que hizo más amable su situación, les permitió continuar cotizando al sistema de salud para garantizarle la atención médica.

Las enseñanzas que deja

De hechos como los acaecidos a Luis Fernando Montoya resulta posible derivar importantes enseñanzas; por tal motivo, nos vamos a permitir hacer una breve reflexión sobre uno de los tantos aspectos de este lamentable caso susceptibles de ser analizados, que aspiramos pueda serle de alguna utilidad a los lectores de esta serie.

Quienes conocen al profesor Montoya coinciden en que es un hombre bueno, solidario; se sabe que el dinero que motivó el atraco estaba destinado a comprarle regalos de Navidad a los niños pobres; por tal razón, se percibe como injusto que la  víctima del acto criminal haya sido justamente él.  

La mayor parte de las personas está orientada a buscar justicia en los hechos de la vida y cuando no la encuentran se sienten desconcertadas, irritadas, frustradas; el problema con la justicia es que no existe, no ha existido ni  existirá, es un concepto mitológico, el mundo no ha sido organizado de esa manera. No es justo, por ejemplo, que unos niños nazcan en un palacio y otros en un tugurio, no es justo que en las cárceles haya gente inocente y que gocen de la libertad personas que han cometido delitos graves, etc.

Cuando un individuo considera que algo es injusto, inevitablemente está comparándose con otra persona, lo que implica que su malestar se origine en factores externos, sobre los que carece de control. Quien se encuentra perturbado emocionalmente porque otros han conseguido algo que en justicia le correspondía a él, les está cediendo a éstos el control de su vida.  El dejarse afectar por la injusticia es, por donde se lo mire, neurótico.

No importa cuánto se queje y reclame una persona porque los demás tienen más que ella,  no avanzará. Para resolver el problema necesitará eliminar las referencias externas y dejar de mirar a los demás. En vez de dejarse inmovilizar pensando que la vida es injusta, podría clarificar lo que quiere y trabajar en ello; una vez deje de compararse con los demás y se concentre en sus metas y en lo que tiene que hacer para alcanzarlas, constatará que carece de sentido molestarse por la falta de equidad y justicia.

*Por: Psicólogo Juan José Cañas Serrano, Presidente Capítulo Santander COLPSIC*, This e-mail address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it

*MA Marketing Katya Fernanda Cañas Sánchez, Profesora Universidad Sergio Arboleda, This e-mail address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it

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