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Friday, 30 December 2011 20:06

Autoayuda: Caso Marla Runyan

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Serie: Los Múltiples Rostros de la Resiliencia

“La capacidad de correr cada día, la libertad de mover mi cuerpo sin padecer dolor y sentirme como si pudiera correr para siempre, sin una meta… eso es todo lo que veo en mi camino”   afirma  la atleta, Marla Runyan, definitivamente una real triunfadora, que vale la pena ser exaltada.

Por: Psicólogo Juan José Cañas Serrano.*

Katya Fernanda Cañas Sánchez.*


La vida de Marla Runyan es un ejemplo de superación y aprendizaje que sin lugar a dudas es de gran importancia en el terreno de la resiliencia.  Esta atleta estadounidense, oriunda de Santa María, California, quien padece la enfermedad de Stargardt y es considerada legalmente ciega, ha demostrado con tenacidad como su discapacidad visual no ha sido un impedimento para desarrollar sus estudios académicos y sobresalir en el mundo del atletismo.  Marla ha obtenido varios triunfos a lo largo de su carrera como atleta, ganó la carrera de 1500 metros en los Juegos Panamericanos de 1999, participó en los Juegos Olímpicos de Sydney del 2000, siendo la primer deportista legalmente ciega en competir en los Juegos Olímpicos y obteniendo el mejor resultado de una mujer estadounidense en este evento, adicionalmente, y siendo este su mayor éxito, se ha destacado en los Juegos Paralímpicos donde ha sido medallista de oro en cinco ocasiones.

Marla Runyan es definitivamente una guerrera, desde su infancia tuvo que lidiar con su deficiencia visual,  siendo todo un reto, el cumplir con sus obligaciones académicas como los demás estudiantes, pero ella nunca quiso escudarse en su discapacidad para no cumplir con las tareas que le eran asignadas, e  incluso utilizó su deseo de superación como aliciente para continuar.

Marla no cree que la discapacidad tenga que afectar su rendimiento, “El problema radica en una cuestión de percepción: la gente confunde “discapacitado” con “inepto”.  Es cierto que tengo una minusvalía, pero no soy incompetente.  Tengo cierto ángulo de visión periférica que, si bien es borrosa, es suficiente para competir en una carrera olímpica.  Soy capaz de ver los pies de mis rivales, y también el color de sus uniformes.  Veo el color ladrillo de la pista, y cómo se agitan las banderas, pero no distingo que países representan.  Lo único que no veo es la línea de la meta.  Cuando participo en una carrera, no siempre sé si he ganado o no.  No veo los relojes, ni los contadores de vueltas, ni los marcadores.  Lo único que sé es que la línea de meta está al final de la recta.  Pero se equivoca quien piense que mi falta de vista perjudica mi ritmo, porque soy una mujer que hace mucho tiempo se dedica a esto, y he llegado a comprender que no existe una línea de meta”.


Infancia

Apenas iniciando su infancia Marla Runyan fue atacada por una enfermedad que dañó sus retinas, privándola de la mayor parte de su vista, después de algunos diagnósticos equivocados, finalmente se confirmó que padecía la enfermedad de Stargardt, una disfunción degenerativa que, en esencia perfora la delicada membrana fotosensible situada en el fondo de los ojos, la encargada de absorber y traducir las imágenes que se reciben. “Una vez concluido el proceso de esa enfermedad, los detalles del mundo se habían desvanecido de mi visión central.  Sólo me quedó una estrecha zona de visión periférica, e incluso ésta era imperfecta y requería corrección” afirma Marla.

Correr significó un refugio para Marla desde su infancia, “Mi reacción consistió en correr.  Creía que, una vez fuera de casa, mi vista era irrelevante.  Dentro de casa, en un aula o en un cuarto de estar, yo estaba discapacitada, porque tenía que esforzarme para leer un libro o ver una pantalla de televisión, o incluso para saber con quién estaba hablando.  Pero cuando salía de casa y me ponía a correr, me sentía igual a todos los que me rodeaban.  Fue entonces cuando me di cuenta de algo extraordinario; cuando corría, no sólo me sentía igual que los demás: me sentía mejor”

Ciertamente la infancia de la atleta no fue fácil “No tuve una infancia de cuento de hadas.  Lo que para otros niños fue un tiempo de juegos despreocupados, toboganes y subibajas, cometas, muñecas, aros y envolturas de caramelo, para mí fue un período de trabajo duro.  Mis recuerdos principales son estados de agotamiento, tremendas migrañas y una serie aparentemente ilimitada de consultas de médicos.  Recuerdo batas blancas, equipos médicos de gélido acero y otros instrumentos de tortura que usan los adultos: depresores linguales, luces de exploración y diagramas del ojo humano.  La perspectiva de padecer ceguera parcial no le puede sentar bien a ningún niño, pero a mí me resultó especialmente desagradable, porque no era capaz de superar bien los obstáculos.  Cuando era un bebé de cuna, siempre tuve una gran voluntad y deseos de superación.  Odiaba todo lo que me retuviese.  Cada vez que me metían en el parque para jugar, o me sometían a cualquier otro tipo de restricción, desde un andador hasta un babero, me ponía a berrear, a gritar, y procuraba escabullirme como fuese.  Mis padres afirman que lo primero que aprendí a decir fue “Quiero”.


Familia

Los padres de Marla, siempre estuvieron dispuestos a colaborarle a su hija a sobrellevar su deficiencia visual, su madre, una mujer recursiva y extremadamente tenaz, no escatimó esfuerzos para proporcionarle a su hija los elementos necesarios para que su desarrollo fuera el mejor, dentro sus posibilidades.  Una vez se confirmó el diagnóstico de la enfermedad de Marla, su madre se convirtió en su salvadora, llegando incluso a ser la gestora del proceso de adaptación de la atleta a su escuela, debido a la falta de experiencia en el distrito donde residían para tratar a una niña con discapacidad visual.  “Mi madre se entregó por completo a mí.  Estaba segura de que yo me las podría arreglar en una escuela normal, a pesar de lo que le dijesen los médicos.  Aquí también influía otro factor: por vergonzoso que resulte decirlo ahora, para ella resultaba traumático admitir que su hija tuviera que ir a una escuela especial.  Quería evitarlo en la medida de lo posible” afirma Marla. 


Cuestión de amor propio

Una de las mayores preocupaciones de la joven Marla era demostrar a los demás que no era una incapaz, que el hecho de que no viera muy bien no era sinónimo de incompetencia, pero desafortunadamente con mucha frecuencia las personas pensaban que  ambas cosas eran equivalentes. “Empezaba a sentirme acomplejada por mi vista.  Estaba profundamente agradecida por disponer del aula DV (deficiencia visual), pero quería ser como cualquier otro estudiante.  Cada día iba un rato al aula DV, empleando aquel tiempo para recuperar los deberes, tareas que los demás alumnos hacían como si nada, pero que a mí me llevaban el doble del tiempo.  A menudo nuestro especialista en Braille reescribía los deberes en letra grande.  Estaba contenta por disfrutar de esas ayudas y disponer de tantos instrumentos nuevos para que no perdiera el curso.  Pero no era lo mismo que ser “normal”.  La forma que tuve de superarlo fue pasar cada vez más tiempo fuera de casa.  Allí fuera no me sentía ciega.  Me sentía como la chica más rápida del mundo.  Cada día, después de la clase, corría para el Cosmos, un club infantil de Camarillo.  Corría con mis zapatillas deportivas sobre una pista de ceniza.   Corría sobre el asfalto del patio durante el recreo.  Corría arriba y abajo por nuestro patio de casa.  Era la chica más veloz de la escuela.  Ya desde el principio me molestaba estar corriendo en cualquier lugar en que era posible hacerlo y ver que alguien me adelantaba.  Eso me hacía sentirme impotente, como si no pudiera hacer nada para evitarlo…Igual me hacía sentirme la enfermedad de Stargardt. Para mí se convirtió en una cuestión de amor propio demostrar que podía hacer cualquier cosa, buscar aquellas cosas que deberían ser el “más difícil todavía”, y demostrar que podía dominarlas.  Correr en una pista era una de ellas.  El salto de altura era otra,  incluso aunque era incapaz de ver la barra”.


Exigencia y aislamiento

El propósito de Marla, se convirtió en demostrar a los demás que su discapacidad definitivamente no determinaba su rendimiento, “A medida que mi vista me iba traicionando, cada vez estaba más decidida a ser una alumna con éxito, tanto en mis estudios como en el atletismo o la música, todo a la vez.  Tenía que demostrar que no era estúpida, y que podía hacer lo mismo que los demás hacían de una forma natural.  Mi madre solía decirme: “Marla, hay pocas cosas que no puedas hacer; lo único que pasa es que tardas más”. Para mí era importante dominar la expresión oral; ser capaz de comunicarme sin encallarme.  Tenía que dominar completamente el lenguaje, porque quería que los demás supieran que era inteligente.  Me sometí a mí misma a una presión innecesaria, con miras a alcanzar el éxito.  Esta presión no provino de mis padres ni de mis maestros.  Era yo, yo misma, quien la generaba.  Mi lema, y mi motivación, era: ¡Se lo voy a demostrar! 

También esperaba mucho de los demás.  No lograba entender cómo algunos de mis compañeros se tomaban tan a la ligera sus deberes escolares, cosas que yo tardaba tanto tiempo en hacer. ¿Por qué no empleaban a fondo su vista? Me daba la sensación de que estaban malgastando sus ojos, perfectamente sanos.  En ocasiones, esa sensación reforzaba mi aislamiento.”

La actitud de superación de Marla era incuestionable, había logrado triunfos importantes en el terreno académico y deportivo gracias a su fortaleza para afrontar su deficiencia visual, pero indiscutiblemente el trasfondo de su motivación era demostrarle a los demás que podía ser competente y esto generó  una alta necesidad de aprobación, que en muchas ocasiones  le propinaba desilusiones, adicionalmente, su deficiencia visual y su espíritu competitivo la habían desprovisto de una vida social gratificante.  “Corría el peligro de que mi relación social se deteriorase.  Un terrible efecto secundario de la pérdida de la visión era que había pasado demasiado tiempo sola.  Al final del instituto de enseñanza media, no había madurado todo lo necesario, porque había carecido del conocimiento y la oportunidad de interactuar con mis compañeros y desarrollar habilidades interpersonales básicas.  El instituto es una época problemática para todo el mundo, pero puede resultar especialmente difícil  si la persona no sabe cómo relacionarse con los demás, cómo manifestar interés por sus vidas o, incluso, carece de la capacidad de decir un simple “Hola”. Fuera donde fuese, me acompañaba mi madre, y era ella la que hablaba por las dos.  Yo me mantenía a un paso por detrás de ella, callada y tímida.  Fijaba la vista en el suelo, o en algún punto indefinido.  Caminaba con los hombros caídos y arrastrando los pies.  Al final mi madre se dio cuenta de esto, y me dijo: Marla, cuando hables con los demás, míralos a los ojos.  Yo ni siquiera era consciente de hasta qué punto me había recluido en mí misma.  A partir de aquel día, intenté hacer un esfuerzo extra, pero de nada servían los esfuerzos si no se presentaba la ocasión propicia para que fructificasen.  Hasta que no encontrase algunos amigos de mi edad, hasta que pudiera aventurarme por el mundo sin tener a mi madre al lado, nunca maduraría.”.

Para la atleta no fue fácil aceptar su deficiencia visual, su constante anhelo era hacer las cosas, igual o mejor que los demás, sin aceptar en ocasiones sus limitaciones. “El hecho era que, en realidad, no podía huir de mi discapacidad.  Eso es lo que entendí el día que me gradué del instituto de secundaria, en el mismo momento en que pensaba que por fin lo había conseguido.  Después de tres años, me había convertido en la mejor alumna del colegio, y me invitaron a pronunciar un pequeño discurso de despedida, algo sencillo que hablase sobre el hecho de fijarse objetivos.  Me coloqué en mi puesto para entrar con los demás en el local antes de la ceremonia.  La clase de los graduados estaba dividida en dos grupos, siguiendo el orden alfabético, de modo que los alumnos cuyos apellidos iban de la A  la L estaban a la izquierda del teatro y los de la M a la Z, a la derecha.  Se suponía que debíamos caminar por el pasillo central y formar pareja con una persona de la otra fila, y luego sentarnos juntos.  Empecé a caminar por el pasillo… y vi que de repente tenía al lado a uno de mis compañeros del Autobús de discapacitados.  Imagínate cuáles eran las probabilidades, cuando se unieron ambas filas de que un ocupante de mi odiado autobús formase pareja conmigo. ¡No podía creérmelo! ¡Era la ironía definitiva! Lo más triste es que aquel alumno era un chico muy agradable, inteligente y divertido, y más tarde seríamos amigos durante el instituto y hasta que tuvimos más de veinte años.  Aquel chico me caía estupendamente. 


Pedir ayuda: una cuestión esencial

Para Marla Runyan aprender a pedir ayuda fue un proceso complejo, desde su infancia, había luchado contra la adversidad que conllevaba su discapacidad, suponiendo que si hacia las cosas igual o mejor que las personas “normales” obtendría reconocimiento y admiración, convirtiendo su vida en un reto día a día y luchando contra viento y marea por ser independiente, dadas tales circunstancias, pedir ayuda no era lo que más había practicado en la vida.  “Cuando me fui de la casa para ingresar en la San Diego State, como cualquier primerizo en la universidad, lo hice con la expectativa de una vida más independiente. Pero lo único que había hecho era cambiar una comunidad soleada y residencial, donde primaba el cemento, por otra, y mis problemas fueron al sur conmigo.  Incluso me sentía más discapacitada que nunca”.  Definitivamente el inicio de Marla en la universidad daba un giro a su vida en todos los campos, las nuevas exigencias implicaban un cambio de actitud que involucraba el aprender a pedir ayuda, algo que antes no había sido considerado por la atleta.  “En el espacio de una sola hora, mi vanidad se hizo añicos.  Mi determinación de fingir que veía bien, mi insistencia en hacer las cosas como todo el mundo, se desvanecieron.  Me di cuenta de que ya no disponía de semejante lujo.  Necesitaba ayuda, o nunca conseguiría aprobar”.

El cambio de actitud de Marla hacia su discapacidad y hacia la competencia misma, involucró años y un constante aprendizaje, cambio de entrenadores e incluso cambio de ciudades, pero finalmente concluyó qué le daba sentido a su vida, obteniendo como resultado conquistas personales y gratificaciones emocionales a cambio.  Su actitud de superación no cambió pero la fuerza que motivaba el proceso sí.  “Lo que aprendí de mi madre es la importancia que tomemos cada día ante la vida.  Pase lo que pase, siempre tenemos distintas opciones para reaccionar.  Mi madre ya me lo dijo hace mucho tiempo: no puedes controlar lo que te pase, pero sí la actitud que tomes respecto a tus circunstancias, y el modo en que pienses sobre ellas.  Y también tus sentimientos”.

* Psicólogo Juan José Cañas Serrano, Presidente Capítulo Santander COLPSIC*, This e-mail address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it

*MA Marketing Katya Fernanda Cañas Sánchez, Profesora Universidad Sergio Arboleda, This e-mail address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it

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