Friday, May 18, 2012
   
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Saturday, 07 January 2012 19:24

Autoayuda: Caso Elber Rodríguez

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Serie: Los Múltiples Rostros de la Resiliencia

“Mi hermano logró superar una muerte temprana, una discapacidad con dependencia a otras personas y se convirtió en modelo a  seguir para aquellas personas que se doblegan ante pequeñas adversidades; entendió que debía aprovechar esa segunda oportunidad que la vida le proporcionaba y lo hizo”.

Por: Psicólogos Juan José Cañas Serrano. *

Fernanda Cañas Sánchez. *

El 3 de marzo de 2003, el teniente Elber Alfonso Rodríguez Moreno fue víctima, en cumplimiento de sus funciones, durante una operación militar contra el frente Caribe de las Farc en los Montes de María, de una mina antipersonal. El teniente Rodríguez había nacido en Bogotá en el año 1975 e ingresado a la Escuela Militar de Cadetes, donde se graduó el 5 de diciembre de 1997como oficial del Ejército Nacional; contaba con 27 años cuando se vio abocado a tan dolorosa situación y ajustaba un año y dos meses de matrimonio.   

Como consecuencia del hecho criminal, perdió sus dos piernas, el brazo derecho y el ojo izquierdo; el ojo derecho, los oídos y la mano izquierda quedaron también seriamente afectados. El equipo médico que lo atendió logró reconstruirle la mano izquierda, recuperó en parte la audición, le salvó el ojo derecho y contrarrestó las infecciones producidas por la materia fecal que contenía el artefacto explosivo.   

Han transcurrido aproximadamente nueve años del infortunado hecho que lo convirtió en el colombiano –vivo– con más mutilaciones producidas por la explosión de una mina antipersonal. La onda que recibió hubiera matado a cualquiera, pero inexplicablemente no lo hizo con él. El teniente Rodríguez no sólo no sucumbió al ataque sino que se convirtió en ejemplo respecto a la forma como se debe encarar una adversidad.

El protagonista de esta odisea  es un hombre que, literalmente, renació de las cenizas, alguien que ha superado todas las pruebas que le ha puesto el destino; aparte de haber perdido partes importantes de su cuerpo, se vio abocado a situaciones para las que no estaba preparado, alcanzando logros inimaginados antes del atentado. Inspirado en su fuerza interior y sus valores, no sólo ha superado sus metas profesionales y personales, sino que, además, se ha constituido en un punto de referencia por su coraje, temple, capacidad de lucha para el común de los ciudadanos; su postura ante la adversidad constituye un ejemplo para todos los colombianos, nos induce a pensar que todo es posible mientras haya vida.

En relación con este caso, consideramos pertinente resaltar que, a diferencia de los anteriormente presentados, las limitaciones a las que se hace referencia no fueron producto de hechos fortuitos sino de una acción intencional, deliberada, diseñada para ocasionar el mayor daño posible; no fue un accidente sino un atentado.


El hecho traumático

En su libro autobiográfico, Fuerza,Elber Alfonso Rodríguez Moreno, describe en forma detallada la situación traumática a la que se vio expuesto: “Cuando avanzábamos en busca del objetivo propuesto, salimos a un claro, hecho extraño en medio de esa espesura; notamos que era artificial, le habían prendido candela al lugar, por lo que ordené el alto a la patrulla y pasé adelante. Cuando me acerqué, me sorprendió ver un buldócer parqueado en medio de la maraña; me pregunté cómo había llegado allí ese aparato que pesaba cualquier cantidad de toneladas. Ordené tomar las máximas medidas de seguridad. Decidí tomar las coordenadas para que se precisara qué hacía ese aparato en ese lugar.

Cuando accioné el GPS vi que algo no estaba bien: en milésimas de segundo se puso en ceros y sentí un gran golpe. Todo fue como cuando le dan a uno un balonazo en la cara, una sensación de un golpe fortísimo, una explosión que me dejó literalmente sordo, un vacío muy grande en  el estómago; fue de verdad algo muy, muy fuerte, una sensación cuya magnitud no se puede explicar fácil; también recuerdo que caí en forma violenta, sentí un golpe en la parte posterior de la cabeza. 

Posteriormente recuerdo que cuando entré al quirófano me preguntaron: “¿Cómo se siente?, ¿quién es usted?, ¿puede responder? Yo me presenté militarmente, recuerdo que dije: “Mi nombre es Elber, soy el teniente Elber Alfonso Rodríguez Moreno, comandante de la compañía del Batallón de Contraguerrilla No. 54; ellos me respondieron: “Todo va a salir bien”. Vi la

sala y un grupo de médicos con batas y tapabocas, y llegué a pensar que me había muerto porque eso se me asemejaba mucho al cielo, tantas luces, tantas personas como esperándolo a uno, y yo pensé una vez más: “Huy, será que estoy tan mal”. Se me acercó  un sacerdote, el padre Lucio, con una voz paternal y gruesa, que me aplicó los santos óleos; fue lo último que vi, fue algo muy rápido. Cuando el padre me dio la bendición, un médico me dijo: “Esto le va a molestar un poco, no se preocupe”, yo le iba a decir “Espere un momentico paso saliva”, pero cuando abrí la boca metieron un tubo y a partir de ese momento no supe más.


El impacto de lo sucedido

En su libro autobiográfico, Fuerza,Elber Alfonso Rodríguez Moreno, describe en forma minuciosa lo que pensó y sintió cuando tomó conciencia de lo sucedido: “El cuatro de marzo sentía que me pesaban mucho las piernas, igualmente el brazo derecho; ignoraba lo que había ocurrido, pensaba que el peso era por yesos que me habían puesto. Al día siguiente, los médicos tomaron la decisión de desconectarme del tubo de ventilación; todo el mundo pensaba que era prácticamente una condena a muerte porque no lo iba a soportar. Fui desconectado y para la sorpresa de todos, la reacción no fue la esperada. Tuve la sensación de haberme despertado de un largo sueño, sentía mucha hambre y sed; cuando desperté y me quitaron el tubo de ventilación, hablé más que lora mojada; nadie imaginó que al preguntarme el médico cómo me sentía, qué quería, le pidiera una cerveza fría y una papa salada con mayonesa.


El doctor con el que había hablado se me acercó y me dijo:

  • -          Elber, yo soy el teniente Pontón, el psiquiatra. Voy a estar con usted, voy a hablarle sobre su situación. ¿Usted sabe qué le pasó? ¿sabe dónde está? ¿sabe cómo está?
  • -          Pues sí, doctor, no es que quiera saber sino que me toca saber cómo estoy, por favor. Siento mucho peso en mis piernas y en mi brazo, ¿por qué? ¿Por qué me ponen tanto peso?
  • -          Usted no tiene peso en las piernas ni en el brazo.
  • -          ¿Cómo así, doctor?
  • -          Mire, usted cayó en un campo minado, su situación es bastante crítica. Perdió las piernas, el brazo derecho y el ojo izquierdo; el ojo derecho está muy comprometido, no sabemos si lo podamos salvar; la mano izquierda no sabemos todavía si tolere el antibiótico y la infección se pueda controlar, pero es muy probable que también la pierda; tiene pérdida auditiva, tiene los tímpanos reventados.

En el momento no pude reaccionar, yo pensaba, “Dios mío, cómo voy yo a sobrevivir así”. Entré en un silencio profundo, de meditación. No pude hablar, y recuerdo que mucha gente entraba a verme a la habitación pero con nadie hablaba porque me encontraba sumido en un vacío espiritual, mental, como si no estuviera ahí. Mi cuerpo estaba allí pero mi alma, mi mente, mi corazón y mi espíritu estaban en otra parte; me sentía muy mal.


El duro proceso de recuperación

Respecto a la mejoría del teniente Rodríguez, su hermano manifestó: “Elber demostró desde un comienzo una gran fortaleza y capacidad para enfrentarse a su discapacidad. A la semana los médicos autorizaran, con gran asombro para todos, su salida. En Bogotá, los médicos pronosticaron un período mínimo de tres meses para su rehabilitación inicial:  aprender a sentarse, a sostenerse solo, a utilizar su mano izquierda, etc., sin embargo, fue dado de alta antes de cumplir el mes de hospitalización.   

Del Hospital Militar salió con sus heridas ya cerradas y con su ojo derecho rehabilitado y en óptimas condiciones. La situación había sido tan crítica, que el que uno de sus ojos funcionara nos llenaba de regocijo. Se había superado el reto médico, a partir de ese momento el desafío se concentraba en vivir con la discapacidad.

Devolverle la capacidad  de caminar constituía la siguiente meta. La recuperación en la marcha quedó a cargo de los fisioterapeutas y técnicos del Hospital Militar y de la fundación Teletón; las dos instituciones coincidían en que recuperar la marcha era una tarea casi imposible y que sus prótesis serían de carácter estético.  Sin embargo, no contaban con la testarudez de mi hermano.

Fue trasladado a Italia y ubicado en el Centro Inail en Bologna, allí pronosticaron que requeriría de un año para lograr avances, pero al teniente Rodríguez le bastaron solo tres meses no solo para recuperar la marcha sin o para lograr algo que es bastante complejo para quien utiliza prótesis: subir y bajar escaleras.

Recibió la Medalla al Valor de manos del Presidente de la República y actualmente cursa estudios de Derecho en la Universidad Militar Nueva Granada. Es campeón nacional y paraolímpico de natación de cincuenta y cien metros, y ha recibido múltiples distinciones del Ejército. 


Factores que contribuyeron a su recuperación

Su tenacidad.Nunca se dio por vencido frente a las inevitables dificultades a las que se vio abocado en el proceso de rehabilitación. Por ello, cuando durante la fase de búsqueda de las prótesis uno de los médicos se le acercó y le dijo que usara unas estéticas, porque él nunca iba a volver a caminar, en lugar de aceptar pasivamente lo que éste le decía y sumirse en la autocompasión, optó por mirar en otras direcciones.

Cuando tuvo conocimiento que en Budrio (Bolonia) existía un centro de rehabilitación física, el Centro Inail, famoso por sus logros en este campo, hizo todo lo posible para que lo ayudaran, logrando que la embajada colombiana en Roma lo apoyara. El médico fisiatra que lo recibió le dijo a la fisioterapeuta: “El objetivo es que este joven salga caminando con la ayuda de un caminador; tenemos tres meses para eso”.

No obstante que cuando se puso de pie la primera vez, sintió que el mundo se le venía encima, le dio mareo, le dolía un la ingle, sentía que se iba a hacer porque no tenía equilibrio, se sobrepuso y empezó a dar unos paseos con mucha dificultad y cansancio. Cuando al cabo de un mes caminaba, le dijo a la fisioterapeuta que ya no requería del  caminador, le sugirió hacerlo con muletas, ésta le contestó: “Si usted ve que puede, lo hacemos”; y empecé a caminar con muletas. A los quince días de estar caminando con muletas le dijo a la doctora: “Las muletas me están molestando, yo pienso que es mejor caminar con una sola muleta”, y así fue, a los dos meses ya estaba caminando con un bastón. Luego de dos meses le dice la doctora:     

-          ¿Qué más quiere hacer?, ¿quiere aprender a subir y a bajar escaleras?

-          Doc, pues yo no sé; eso está como de verdad difícil, un reto muy grande, subir y bajar escaleras ya es otro cuento.

-          No, intentémoslo.

Cuando tres meses después el fisiatra lo sometió a una nueva evaluación, quedó sorprendido con sus progresos, él nunca pensó que hubiera avanzado tanto, le dijo a la fisioterapeuta:

-          ¿Usted cómo lo hizo? La idea era ayudarlo con un caminador y me encuentro con que sube y baja escaleras, ¡la felicito, lo felicito!


La confianza de sus superiores en él.  Cuando volvió a Colombia, luego de haber logrado caminar con prótesis, albergaba serias dudas respecto a su futuro. Se dirigió al comando del Ejército, convencido que debía desvincularse de la institución, hecho que lo llenaba de tristeza. Se acercó al comandante del Ejército y le dije: “Mi general, ¿qué ordena?” Él, en un tono jocoso, contestó: “¿Cómo así que qué ordena? ¿Usted qué hace aquí que no está haciendo curso? ¿Qué hace capando clase? Váyase para el aula que el curso ya inició y el ascenso es en diciembre. Lleno de felicidad abandonó la oficina y se dirigió a la Escuela de Armas y Servicios, donde se realizaba el curso de ascenso de teniente a capitán.

Al respecto, el ascendido capitán Rodríguez manifiesta: “Al llegar de Europa, mis superiores me dieron la oportunidad de estudiar; inicié el curso y a los seis meses ascendí al grado de capitán y fui enviado a la escuela de relaciones civiles y militares del Ejército como instructor. Volver a estar en las filas fue emocionante desde el punto de vista profesional; llevaba tiempo sin tener un mando y una responsabilidad en la fuerza, y adquirir nuevamente esto me llenó una vez más como oficial del Ejército”.


Los beneficios derivados de la situación traumática

Cuando el capitán Elber Rodríguez mira hacia atrás y hace una balance de su vida, concluye que haber sido víctima de un artefacto explosivo, enriqueció, paradójicamente, su vida, porque le permitió hacer cosas que nunca había imaginado que pudiera hacer y tener  acceso a experiencias que nunca hubiera vivenciado de no haberse visto abocado a la situación traumática que debió padecer. Entre los múltiples beneficios derivados del atentado de que fue objeto, considera los más importantes los siguientes:   

Se convirtió en el símbolo institucional de la lucha contra el flagelo de las minas antipersonales. Cuando salió del Hospital Militar, aprovechando que los medios de comunicación informaron sobre el atentado y como parte del propósito de las jerarquías del Ejército de concientizar a las personas sobre los costos de mantener la paz y la seguridad en Colombia, fui invitado a dictar una serie de conferencias, a través de las cuales pudiera comunicar cómo afrontar las dificultades y mostrar que los seres humanos estamos en condición de hacer cosas que usualmente se piensa que son imposibles de llevar a cabo. Además, fue invitado a diversas regiones del mundo para disertar sobre el tipo de guerra que se desarrolla en nuestros campos, por parte de las Farc, el Eln y las autodefensas.

Logró coronarse campeón nacional de natación.Aunque le llevó tres aprender de nuevo a nadar, al año y medio ya estaba en el equipo de natación de la liga militar y a los dos años se convirtió en campeón nacional paraolímpico en cincuenta  y cien metros, conquista que de no haber sido por la tragedia a la que se vio abocado nunca hubiera logrado. El capitán Élber Rodríguez reconoce que si no hubiera sido por la mina antipersonal que destruyó su cuerpo, nunca se hubiese lanzado a una piscina para competir por una medalla ni hubiera logrado el bienestar que derivó de haber logrado ser campeón nacional

Se fortaleció psíquica y emocionalmente.Ganó en fortaleza mental, hoy está convencido que la capacidad del ser humano para afrontar la adversidad no tiene límites; considera que no hay obstáculo que el ser humano no pueda vencer.

*Por: Psicólogo Juan José Cañas Serrano, Presidente Capítulo Santander COLPSIC*, This e-mail address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it

MA Marketing Katya Fernanda Cañas Sánchez, Profesora Universidad Sergio Arboleda, This e-mail address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it

Last modified on Saturday, 07 January 2012 19:56

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