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Murió Por: Edgar Armando Marín



Murió Por: Edgar Armando Marín | EL FRENTE
El 31 de enero tenía mi hijo un examen denominado resonancia para el cual se debía tener ciertos cuidados y preparaciones, entre ellas, no comer ni tomar líquidos 6 horas antes del mismo.

Cuando llegué a la cita médica que era a las 9:30 a.m., después de una contrarreloj, pues venia de Piedecuesta de grabar un programa de televisión al cual había sido invitado y solo pude participar como 20 minutos aproximadamente por darle prioridad a mi hijo, que obviamente lo es, nos encontramos con varios pacientes en la sala de espera que se iban a realizar el examen, entre ellos un niño de la misma edad de mi hijo, una abuelita de 88 años y una señora de aproximadamente 40 años edad.

El niño de la edad de mi hijo estaba desde las 7 a.m. para que le realizaran el examen y venía con una mano fracturada por un accidente que sufrió en la casa de sus padres al caérsele una moto grande en su pequeño cuerpo.

La abuela llegó tipo 10:00 a.m. remitida en una ambulancia de la clínica, pues llevaba 8 días interna y el doctor que la atendía requería de la resonancia para observar los resultados y si era viable proceder a la cirugía.

Los minutos eran largos, por no decir que eternos, pues la frase popular “el que espera desespera” es toda una realidad. La abuelita se sentía cansada en su silla de ruedas le decía a su acompañante, que era su hija, que se quería ir para una cama, ella le contestaba en un tono fuerte: “mamá, no señora cuanto hemos esperado para que nos autoricen este examen ya estamos aquí y aquí nos quedamos”.
Me parecía que el trato hacia su mamá era muy fuerte y la abuela como es natural por su estado de salud y edad estaba cansada sin que hubiese señales que llegara el medico que iba a realizar los procedimientos habiendo pacientes esperando desde las 7:00 a.m. como era el caso del niño.

Ante la espera y el cansancio de la abuela, a petición de ella, se pasó a una silla azul de plástico, obviamente más dura, ante la inexistencia de una camilla para acostarla mientras llegaba el doctor, minutos después se cansó y entre varios de los que estaban en la sala se trasladó nuevamente a la silla de ruedas.

Sin embargo, la abuelita seguía haciendo peticiones a su hija y ella nuevamente en un tono fuerte y grosero le respondía un no rotundo, ahí se me ocurrió intervenir y le dije porque no se la lleva y le da comida que debe sentir mucha hambre y otro día le hace el procedimiento, me respondió: “no como se le ocurre, si llevo esperando muchos días para que lo autorizaran y si no lo llevo el doctor no la ópera”, no insistí, aunque no estaba de acuerdo debía respetar la voluntad de la hija.

Minutos después, casi sobre las 11:00 a.m. llegó el doctor que iba a realizar las resonancias, nos hicieron llegar unas hojas, más largas que las pruebas de estado, en las cuales se nos daban las indicaciones y se debía firmar el consentimiento del procedimiento bajo nuestra responsabilidad; finalmente pasaron al niño citado a las 7:00 a.m., luego la hija de la abuela pidió que le revisaran la mamá que la veía malita, vino una enfermera le aplicó algo y como a los tres minutos dijo la enfermera del niño que estaba en el examen que ella no respiraba, se tomaron pulsaciones se le colocó un dedo debajo de la nariz, se le tocó el corazón y sus signos vitales se habían apagado respuesta que confirmó el doctor que realizaba el examen.

Vino el llanto fuerte de la hija, el abrazo pos muerte, las palabras bonitas de te amo, cuando ella ya no sentía ni escuchaba, salieron lagrimas entre nosotros y una lluvia de pensamientos en mi mente, abuelita Dios la tenga en su gloria, su familia sufrirá con su partida y la EPS descansara de una carga económica como nos ven en el gremio de la salud, pues en nuestro país no parece un derecho fundamental sino un negocio más con ánimo de lucro.

Publicacion: Miercoles 6 de Febrero de 2019 
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