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Es mejor una dolorosa verdad a tiempo que una mentira eterna



Es mejor una dolorosa verdad a tiempo que una mentira eterna | EL FRENTE
La guerra fratricida que se ha librado en campos y selvas de Colombia por más de sesenta años nos ha enceguecido, nos ha puesto en un estado de negación y nos ha quitado el don de aceptar la verdad, por temor a que esta supere todas las expectativas de la realidad.

Las recomendaciones entregadas, este miércoles, por la Comisión de la Verdad, luego de cuatro años de profundizar en la llaga del conflicto colombiano, en sus víctimas directas o indirectas y colaterales, en sus victimarios, por acción o por omisión, nos dejan en claro que existen sectores que transitan por senderos peligrosos y que dejan una seria duda sobre sus reales intenciones con respecto a lo revelado.

Hay un delgado hilo conductor que nos guía a pensar que no se quiere que salgan a la luz los miles de masacres, las violaciones, las desapariciones, la masacrada de los derechos humanos para cometer todo tipo de crímenes disfrazados de políticas de estado, de lucha revolucionaria o de combatir la subversión por defensa propia.

Esos sectores que no quieren reconocer que hay una gran verdad en todas estas revelaciones y que las minimizan porque son la consecuencia de la desigualdad, de la pobreza de millones y el enriquecimiento de unos pocos, porque es la realidad de una Nación indolente y complaciente ante el nefasto negocio de la guerra.

La Comisión de la Verdad no juzga. Sólo Informa. Sólo recomienda. Sólo pone encima de la alfombra los escombros que todo el mundo se había empeñado en mantener debajo de ella y, como a muchos no nos tocó, nos volvimos indolentes.

Muchos colombianos perdimos la sensibilidad del alma, se nos acabó esa lagrima fácil ante la injusticia y el horror. Perdimos la capacidad de asombrarnos, de rechazar la violencia, la ignominia. La guerra se nos volvió parte del paisaje y hasta la negamos y disfrazamos bajo metáforas.

Para todas las sociedades del mundo que han vivido una confrontación en la cual nunca habrá vencedores ni vencidos, solo miseria, queda en claro que es mejor una dolorosa verdad a tiempo que una mentira eterna y que debemos desnudar el alma para ser capaces de reconocer que convivimos con la violencia y la volvimos algo cotidiano.

Como dijo el Padre Francisco de Roux Rengifo, en la presentación del informe, “no es posible que hayamos permitido que nos despedacemos y hayamos perdido la condición humana”. Sí. No reaccionamos. Todo porque la guerra, las masacres, los asesinatos selectivos, las violaciones de niños, niñas, adolescentes y mujeres, el reclutamiento forzoso y toda la cantidad de abusos, estaban lejos de las ciudades.

Pero a estas ciudades llegaron los miles de desplazados a engrosar los cordones de miseria. A enfrentarse a un no futuro y a una vida que nunca imaginaron, porque su alegría y producción estaban enraizadas en el campo y fueron arrancadas de allí sin compasión.

Ojalá que tengamos la suficiente capacidad de reacción y empecemos a sanar las heridas con verdad, perdón, reparación y compromiso de no repetición, porque no podemos heredarles a nuestros hijos un país cargado de odios, de polarización, con una guerra que atizaron unos pocos y que ha pasado por tres generaciones cargada de ese horror que se ha querido ocultar y negar porque el sólo recordarlo, causa miedo.

Analizar, profundizar, desglosar, concluir y reflexionar es la tarea que tenemos ahora los colombianos para que la barbarie desatada en medio de esas confrontaciones fratricidas, no se repita y jamás tengamos que volver a crear comisiones para que nos develen esa dolorosa y lacerante verdad sobre la violencia que hoy nos horroriza.

Publicacion: Miercoles 29 de Junio de 2022 
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