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La corrupción al desnudo en Colombia



Hace medio siglo se decía que Colombia estaba en una transformación de sus principios morales para hacerle un trono a las ambiciones personales, que cambiaron el concepto del trabajo honrado por la audacia de conseguir fortuna a cualquier precio. Hacer negocios con los narcotraficantes era una demostración de talento e inteligencia, como lo hicieron empresarios de la construcción en Bucaramanga, cuando empezaron a diseñar y construir palacetes en unos de los sectores más exclusivos del área metropolitana, donde viven afortunados personajes que hicieron el capital de la noche a la mañana.


Los buscadores de status social quisieron congraciarse con los narcotraficantes del Cartel de Cali, una organización especializada que conformaban los Hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, que manejaban los negocios del narcotráfico en una época de tolerancia y complacencia de las elites nacionales. Ellos crearon una cadena de droguerías (Drogas La Rebaja), un equipo de fútbol profesional denominado “América de Cali” y el Banco de los Trabajadores, que tuvieron el apoyo de los sectores gubernamentales, hasta cuando los Estados Unidos impusieron una política internacional que proscribía el contrabando de estupefacientes.


En Antioquia, Pablo Emilio Escobar Gaviria se había convertido en un ídolo de los deportistas y de las familias pobres con la plata del narcotráfico y Carlos Ledher Rivas, uno de los mayores contrabandistas colombianos en el mundo, quiso aspirar a la presidencia de la república de Colombia y creó un partido político, que tuvo muy activos eslabones en Santander, especialmente en la ciudad de Barrancabermeja. Sobre la fama comprada con la plata de narcotráfico, Escobar quiso influir en la política nacional y terminó cometiendo los mayores genocidios que conozca la historia del país, para corromper a magistrados, jueces y dirigentes políticos.


Hacer plata de cualquier manera se convirtió en el ejemplo para las nuevas generaciones por la ambición y la codicia de los jóvenes que recibían desde los medios de comunicación las ráfagas de noticias, que permeaban su pensamiento y los inducían a buscar el dinero fácil. Los caballos se convirtieron en un símbolo de poder y los carteles del narcotráfico invertían en esa clase de negocios, en la compra de obras artísticas, en la construcción de grandes palacetes, como los que dejó Pablo Emilio Escobar Gaviria en la Hacienda Nápoles.


Con una política del gobierno del ex presidente López Michelsen, que abrió la llamada “ventanilla siniestra del banco de la República”, que fue el mayor lavadero de dólares que hubo en Colombia, los carteles del narcotráfico entraron a mover la economía del país, hasta llegar a proponer el pago de la deuda externa de Colombia, con tal de conseguir una ley de amnistía que legalizara los llamados “capitales golondrina” que por mucho tiempo fueron una de las grandes rentas del país.


Durante más de medio siglo, la balanza de pagos del país se ha nutrido de los dólares que provienen del contrabando de estupefacientes. Es una verdad que todos los gobiernos trataron de ocultar y que se ha mantenido oculta, aunque los expertos en hacienda pública saben lo que ha pasado con el contrabando de estupefacientes, con el intercambio de cocaína y amapola por bienes de consumo, por tecnología, por equipos de sonido, por televisores, por el contrabando de doble vía, que lleva estupefacientes hacia los mercados internacionales y mantiene los lavaderos de activos mediante la subfacturación.


El ex presidente Julio César Turbay Ayala pronunció en su momento la frase más afortunada que se haya conocido en el mundo sobre el problema del lavado de dólares y el pago de comisiones por la vena rota de la concupiscencia oficial, cuando dijo: “Me propongo reducir la corrupción a sus justas proporciones”. Para entonces, en la Costa Atlántica era normal exigir comisiones a los contratistas del sector público porque como decía un parlamentario costeño: “Mientras en Bogotá el peculado tiene el nombre de corrupción, en Cartagena y en Barranquilla ese golpe de audacia se llama repelar”.


En Colombia existen, según el fiscal general de la nación, ochenta y siete (87) mafias de contratistas, encabezadas por el Grupo Nule, Conalvías que construyó el embalse del río Tona para el Acueducto de Bucaramanga, la constructora Brasilera Obedrecht que pagó sobornos por once millones y medio de dólares para la adjudicación del contrato de la Ruta del Sol y muchos otros grupos, grandes y pequeños, que se han apoderado de las electrificadoras, de las refinerías y de los grandes negocios del poder central, donde sus integrantes posan como ciudadanos ejemplares y honestos. “Los pájaros disparando contra las escopetas”.


Por: Rafael Serrano Prada
Director/EL FRENTE

Publicacion: Domingo 29 de Enero de 2017 
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