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Pobreza y montañas Por: Jaime Galvis Vergara



Pobreza y montañas Por: Jaime Galvis Vergara | EL FRENTE
El territorio de Colombia presenta una pluviosidad altísima y su situación en el trópico hace que las tierras bajas sean malsanas, enfermedades tales como el paludismo, la fiebre amarilla, el dengue, el mal de Chagas y otras, obligaron a la población a habitar en las cordilleras. Las gentes se localizaron en valles interandinos y en zonas de altas pendientes topográficas.

Con el saneamiento de las tierras bajas, se inició la agricultura moderna en el País, pero subsistieron las prácticas agrícolas de montaña, rudimentarias, poco productivas y con unos fenómenos erosivos devastadores. Cultivos tales como el café, frijol, tabaco, maíz, plátano y caña de azúcar panelera y algunos frutales, cubren grandes extensiones de las tierras más quebradas del País y significan el sustento de gran parte de la población, aunados a una ganadería extensiva, poco productiva.

Esta es la base económica de más de la mitad de los municipios de Colombia, en su mayor parte pequeños burgos y aldeas que paulatinamente se están despoblando. Sin embargo, aún son una gran masa de población en su mayor parte pobre y marginada. La subsistencia basada en esa agricultura precaria eterniza la miseria.

Muchas poblaciones de esas zonas montañosas pudieran vivir de la minería, aun a escala artesanal, pero las exigencias burocráticas para la explotación del subsuelo desaniman a cualquiera. Además, se están adelantando campañas mediáticas satanizando estas actividades. Otra solución sería la instalación de industrias pequeñas y medianas que permitieran la subsistencia.

La situación económica es más grave en regiones y provincias marginadas de la red de carreteras troncales Tales como la mayor parte de la cuenca del alto Patía en los departamentos de Nariño y Cauca. El Norte de Boyacá, la región de García Rovira en Santander, el cañón del Cauca en Antioquia, La región limítrofe entere Boyacá y Casanare, la provincia de Ocaña en Norte de Santander, la provincia de Pamplona en el mismo departamento, la mayor parte de la zona cordillerana de Tolima y Huila, el Oriente de Cundinamarca, gran parte de Oriente de Antioquia y Caldas.

Las mesetas altas y páramos, son de las pocas áreas donde no hay una erosión notable y existe una agricultura próspera, pero entonces hay un empeño de erradicar la población por conceptos absurdos y anticientíficos.

Las gentes de los riscos cordilleranos, por su precaria existencia han sido la carne de cañón de todos los conflictos de este país. ¿Qué futuro le espera a un campesino de Almaguer, Hacarí, Peque, El Águila, Panqueba, Taminango, Onzaga o Tibirita? Esto se repite en cientos de localidades paupérrimas cuyos presupuestos no alcanzan para los sueldos de la burocracia municipal.

Este gran problema no existe para los medios universitarios indigestados de ideologías, pero desconocedores totales de la realidad del País. Este problema de pobreza extrema en el campo es un anacronismo, la agricultura moderna emplea muy poca mano de obra, ese campesinado sobrante lo debería ocupar la industria, pero esta actividad en Colombia está muy poco desarrollada y se encuentra estancada. Los migrantes del campo se dedican a la venta ambulante de fruslerías. Pasan de labriegos pobres a mercachifles igualmente pobres.

Si a esto se le suma esa lacra de miseria que se encuentra en el Litoral Pacífico, hay que preguntar si le establecimiento en Colombia se puede dedicar a un ambientalismo obsesivo, a la ideología de género, a un feminismo militante, a un garantismo que en su ridiculez se aproxima la “Political Correctness”, al problema del matrimonio homosexual, a satisfacer las exigencias de las Cortes, a suministrar sinecuras a diestra y siniestra, ignorando los verdaderos y graves problemas que agobian a esta sociedad, cansada de ideologías y de habladera de paja.

Publicacion: Jueves 27 de Febrero de 2020 
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