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El Domingo para recorrer el Camino del Señor Por: Sady Espinel, Pbro.



El Domingo para recorrer el Camino del Señor Por: Sady Espinel, Pbro. | EL FRENTE
Evangelio: Lucas 9,51-62.

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de que se lo llevaran al cielo, emprendió decidido el viaje hacia Jerusalén, 9,52: y envió por delante unos mensajeros. Ellos fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle alojamiento. 9,53: Pero éstos no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén. 9,54: Al ver esto, Juan y Santiago, sus discípulos, dijeron: –Señor, ¿quieres que mandemos que caiga un rayo del cielo y acabe con ellos? 9,55: Él se volvió y los reprendió. 9,56: Y se fueron a otro pueblo. 9,57: Mientras iban de camino, uno le dijo: –Te seguiré adonde vayas. 9,58: Jesús le contestó: –Las zorras tienen madrigueras, las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza. 9,59: A otro le dijo: –Sígueme. Le contestó: –Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre. 9,60: Le dijo: –Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el reino de Dios. 9,61: Otro le dijo: –Te seguiré, Señor, pero primero déjame despedirme de mi familia. 9,62: Jesús [le] dijo: –El que ha puesto la mano en el arado y mira atrás no es apto para el reino de Dios. – Palabra del Señor

Reflexión

El pasaje de este Domingo presenta, primero, su partida, (v. 51), después el rechazo recibido por parte de los Samaritanos (vv. 52-56) y, finalmente, en rápida sucesión, tres episodios de vocación (vv. 57-62).

Para comprender este texto recordemos que la adhesión a Cristo viene representada en los Evangelio con la imagen del camino siguiendo al Maestro. Creer significa recorrer con él la misma senda. En los hechos de los Apóstoles esta imagen vendrá retomada con el término Camino (con mayúscula): Pablo persigue a los “seguidores del Camino del Señor” (Hch 9,2); en Éfeso, algunos se negaban a creer y “difamaban el Camino” (Hch 19,9); en la misma ciudad “sobrevino una gran crisis a causa del Camino del Señor” (Hch 19,23); el procurador Feliz “estaba muy bien informado sobre el Camino” (Hch 24,22) …

Estos episodios sirven a Lucas para dar una respuesta a las preguntas que se plantean los cristianos de sus comunidades: ¿Cómo se debe reaccionar frente a quienes ponen obstáculos al “Camino”? A quienes desean unirse en el “Camino” ¿deben presentarles inmediatamente y con claridad cuáles son las condiciones del seguimiento o es mejor suavizar y atenuar un poco las exigencias de la vida cristiana?  

Comencemos con la salida (v. 51). Lucas resalta la decisión firme de Jesús de ir a Jerusalén, diciendo que “endureció su rostro”. Es una expresión fuerte, tomada del AT. El profeta Isaías la pone en boca del Siervo del Señor quien declara así su determinación de llevar a cumplimiento su misión: “El Señor me ayuda…por eso endurecí mi rostro como piedra” (Is 50,7). Al igual que este Siervo, Jesús está decidido a afrontar el destino de sufrimiento, humillación y muerte que le espera. No va en busca del dolor, pero sabe que el sacrificio es el paso obligado para llegar a la meta, es decir a la plena manifestación, a través de la cruz, del amor del Padre hacia el hombre (cf. Lc 24,26).  

Se necesita coraje para tomar decisiones firmes y radicales

Una decisión semejante no se toma a la ligera, es necesario apretar los dientes (endurecer el rostro). Si nos entretenemos en veleidades, en deseos piadosos, en buenas intenciones, si reducimos la fe en Cristo al cumplimiento de algunas prácticas religiosas, no hay necesidad de apretar los dientes. Pero cuando se acepta su propuesta de vida, se necesita coraje para tomar decisiones firmes y radicales. Quien no tiene la fuerza de hacerse violencia as sí mismo, no pasará de ser un admirador de Jesús, nunca se convertirá en discípulo suyo.  

A penas iniciado el viaje a Jerusalén ya encuentra el grupo a alguien que obstaculiza el Camino. La oposición de los Samaritanos representa la hostilidad que las comunidades cristianas de todos los tiempos deben afrontar. Siempre hay alguien en el mundo que se interpone en el Camino, pues son muchos los que prefieren seguir principios contrarios al Evangelio. ¿Cómo comportarse con ellos?

La reacción alocada de Juan y Santiago indica lo que no se debe hacer. Estos dos apóstoles se acordaron probablemente de que el profeta Elías había hecho descender fuego del cielo sobre los malvados de su tiempo (cf. 2 Re 1,10-14) y están convencidos de que se debe hacer lo mismo con quienes se oponen al Evangelio. También el Bautista había amenazado con el fuego (cf. Lc 3,9.17). Por eso piensan que ha llegado el momento de actuar con contundencia y piden al Maestro: “Señor, ¿quieres que mandemos que caiga un rayo del cielo y acabe con ellos?” Jesús los reprendió con severidad. La propuesta era verdaderamente descabellada (vv. 52-56).

El discípulo no ha sido llamado a luchar contra nadie, no ha recibido el encargo de comenzar guerras santas, de organizar cruzadas contra los infieles o de encender hogueras para los heréticos, sino que ha sido llamado para seguir al Maestro. El tiempo del fanatismo –que aparece tan frecuentemente en el Antiguo testamento– ha terminado. El único fuego que desciende del cielo es el del Espíritu que transforma los corazones de los hombres. Este es el fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra (cf. Lc 12,49).

Los cristianos no pueden reaccionar con la agresividad, sino solo con el amor. Si alguien les ataca usando la mentira, el engaño, la violencia, solo pueden responder invocando sobre ellos las bendiciones de Dios.

A causa de su actitud belicosa, los hermanos Juan y Santiago han recibido de Jesús el apodo nada simpático de hijos del trueno (cf. Mc 3,17). Un apelativo que hoy se deberían aplicar a sí mismos los cristianos fanáticos, los intransigentes, los intolerantes, los poco respetuosos con quienes piensan de manera diferente.

Después de este primer incidente, el viaje prosigue y el Evangelio presenta a un desconocido que se acerca a Jesús y afirma que quiere seguirle a donde sea (vv. 57-58). La respuesta del Maestro parece más bien desanimar que a atraer al aspirante a discípulo.   

Es difícil entender que haya personas que abracen la fe

Quien quiera seguirle, dice Jesús, no debe soñar con una vida cómoda, sabrosa: será como un caminante que no tiene morada fija. Tendrá que estar dispuesto a pasar muchas noches bajo las estrellas o bien a contentarse con la hospitalidad que le venga ofrecida, por más pobre y provisoria que ésta sea.

Ante estas perspectivas tan poco apetitosas anunciadas por el Maestro, es difícil entender que haya personas que abracen la fe o que acepten desempeñar algún servicio a la comunidad con el fin de obtener ventajas, privilegios, títulos honoríficos.

A lo largo del camino Jesús encuentra a otro individuo y lo invita a seguirle (vv. 59-60). Éste se muestra dispuesto, pero quiere antes ir a enterrar a su padre. Jesús le responde: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el reino de Dios”.

Para un judío ésta es la respuesta más escandalosa, más provocadora, más impía que pueda recibir. En Israel, el deber más sagrado para un hijo es el de enterrar a sus padres y, para cumplirlo –decían los rabinos– el hijo estaba dispensado de cualquier precepto de la ley, hasta de las obligaciones del sábado. El sumo sacerdote, al que se le prohibía entrar en los cementerios o incluso acercarse a un cadáver, estaba obligado a acompañar a sus padres al sepulcro.

Sería insensato tomar estas palabras de Jesús al pié de la letra, pero lo sería también querer disminuir su carga provocadora. Lo que el Maestro quiere decir –sirviéndose evidentemente de una imagen paradójica– es que nada, ni siquiera los sentimientos más sagrados, como los que unen los hijos a sus padres, pueden interponerse e impedir la decisión de seguirle.

El Espíritu exige una disponibilidad inmediata para renunciar a lo viejo


El padre, para los semitas, indica el lazo de unión con la tradición, con el pasado, con las costumbres de los antiguos, con el ambiente cultural en que se vive. Lucas quiere que los cristianos de sus comunidades se den cuenta de que la decisión de seguir al Maestro no tiene dilación, no puede ser pospuesta a la espera del momento (no llegará nunca) en que no se hiera la sensibilidad familiar, en que no se cause disgusto a un amigo, en que no se contraríe a un colega, no se ponga en tela de juicio hábitos o costumbres de una persona querida.

 El Espíritu exige una disponibilidad inmediata para renunciar a lo viejo y convertirse a lo nuevo. No es agua estancada el Espíritu, sino agua viva, cristalina, “manantial que brota dando vida eterna” (Jn 4,13-15), es viento impetuoso que “sopla hacia donde quiere” (Jn 3,8). Quien está animado por este Espíritu siente atracción y empatía hacia lo nuevo porque es Él quien “renueva la faz de la tierra” (Sal 104,30). La fidelidad a sus impulsos crea tensiones entre el discípulo y quienes permanecen tercamente aferrados al pasado. Entre estos, puede haber familiares y amigos con quienes el aspirante a discípulo está ligado afectivamente. Jesús no admite dudas. Cualquier lazo que bloquee o impida seguirle se convierte en cadena que esclaviza y que hay que romperlo sin miedo.   

Jesús no se extraña que haya quien lo rechace

Un tercer individuo se presenta a Jesús (vv. 61-62). Es fácil notar el contraste entre el imperativo presente con que viene formulada la invitación: “Sígueme” (v. 59) y el futuro usado por este aspirante a discípulo: “Te seguiré, Señor, pero…” Este hombre está dispuesto a seguir a Jesús, pero quiere antes despedirse de sus familiares, exactamente como ha hecho Eliseo. No parece que pida demasiado. Y, sin embargo, Jesús no permite ni siquiera esto. No hay lugar para dilaciones, incertidumbres, no se admiten condiciones, observaciones… nada puede justificar un retardo.   

Jesús no se extraña que haya quien lo rechace, es más exige sumo respeto para aquellos que no lo reciben, pero no acepta ser relegado al segundo puesto por quien decide seguirlo. Naturalmente tampoco estas palabras de Jesús hay que tomarlas a la letra, pues estarían en contradicción con otras enseñanzas suyas. Ha recalcado la observancia del mandamiento que impone amar y ayudar a los padres (cf. Mt 15,3-9) y ha participado a la gran fiesta de adiós a la familia y a los amigos ofrecida por Mateo (Mt 9,9-13). Pero existen prioridades. Todos los afectos son secundarios a la hora de seguir la voluntad del Padre, y Jesús ha dado ejemplo de ello cuando, adolescente aún, ha respondido a su madre: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo estar en los asuntos de mi Padre?” (Lc 2,49).  

La misión encomendada a los discípulos es mucho más urgente que la de Eliseo. La creación entera espera con ansia que aparezca y se haga realidad el reino de Dios. Está impaciente. Todos los instantes son preciosos.

Lucas se sirve también de este tercer ejemplo de vocación para enviar un mensaje a sus comunidades: no pueden perder tiempo en frivolidades, discusiones inútiles, debates sobre cosas banales, mientras el mundo tiene necesidad urgente del anuncio del Evangelio.  



Publicacion: Sabado 25 de Junio de 2022 
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