La brutal experiencia del circuito de Annapurna en Nepal Por Edgar Julián Muñoz González | Especiales | Variedades | EL FRENTE
 
 
 
 
 
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La brutal experiencia del circuito de Annapurna en Nepal Por Edgar Julián Muñoz González



La brutal experiencia del circuito de Annapurna en Nepal  Por Edgar Julián Muñoz González | EL FRENTE El Circuito de Annapurna es un macizo de montañas que cuenta con un pico por encima de los 8000 msnm y 13 por encima de los 7000 msnm.  Nuestra meta era lograr cruzar Thorong La Pass a 5416 msnm, el punto más alto del circuito.


Han pasado más 3 años desde que hice el Camino de Santiago.  Para ese entonces, mi experiencia caminando no era más que unos pocos senderos.  Confieso que me hacía sentir algo experimentado, pero lo cierto es que no era nada, solo ideas y comentarios acerca de lo mucho que me gustaba caminar, pero nunca podía identificar la verdadera satisfacción de desplazarme por grandes distancias solamente con la fuerza de mis piernas y poder mirar atrás sin pensar en lo que había dejado, anhelando lo que venía. Es más, aún recuerdo aquellos tiempos y me dan ganas de volver, pero mientras estábamos en Bali y buscábamos nuestro siguiente destino, la idea de Nepal llegó de la nada.  Una amiga danesa iba a Nepal a hacer el Everest Base Camp (EBC), pero nada me llamaba tanto la atención como el circuito del Annapurna.  Hice algunas preguntas y comenzamos a planearlo.  El único problema es que llegaríamos en invierno. No nos importó y el 5 de diciembre arrancamos desde Besisahar los 256 km de recorrido hasta Pokhara.  


Lo importante no es la velocidad sino la consistencia

Tengo que decir que todo esto requiere de cierta preparación.  Lo primero que debe saber, si se decide a hacerlo, es que en el 2014 murieron 44 personas cruzando el punto más alto del circuito. El Annapurna (8091 msnm) normalmente está cerrado hasta para los alpinistas más experimentados y es el más peligroso del mundo; como trek, no es el más difícil, pero si es el que más vidas ha cobrado.  Escalar esta cumbre es incluso más peligroso que el Everest.  De hecho, la estadística es que por cada 3 ascensos exitosos hay 1 fatal; en el Everest por cada 100 hay 2.  Lo segundo, es que debe entender de distancias e inclinaciones.  En caminatas largas lo importante no es la velocidad sino la consistencia.  No importa tanto llegar rápido al destino sino llegar con luz por las bajas temperaturas.  Es decir, entender que la velocidad promedio en plano es de 4 km/h, en subida antes de 2500 msnm es de 2,5 km/h y después de 3500 msnm, es de 1 km/h.  Lo tercero es llevar el equipo preciso, solamente lo que se va a usar, nada de “por si acaso”; una muy buena Chaqueta, un sleeping bag para temperaturas -10, botas para Hiking impermeables y no más del 10% del peso corporal en la mochila.  Esto es clave.  Nosotros hicimos nuestras compras en Katmandú e iniciamos el recorrido con lo necesario.

Todo anduvo perfecto hasta Manang


A lo largo del recorrido conocimos gente, pero por ser temporada baja, había algunos pueblitos donde éramos los únicos que se hospedaban.  En Manang, a 3600 msnm, la temperatura ya era insoportable y comenzaba a preocupar El Paso Thorong La.  Hasta ese momento ya nos habían tocado dos nevadas fuertes, con brisa, y la temperatura llegaba hasta -15C.  Paramos un día para aclimatarnos y seguir hasta Letdar a 4000 msnm.  No nos bañábamos desde Chame, 3 días atrás, porque las tuberías estaban congeladas y no había manera de juagarse.  Todos los que estábamos en ese punto vivíamos lo mismo y solo queríamos cruzar pronto.  Llevábamos 10 días caminando, pero solo hasta ese momento comenzamos a sentir que no sería tan sencillo cruzar el paso.  

Más de una decena de caminantes renunciaron en Manang; el mal de altura, el miedo y el frío los hacia devolverse, pero nosotros continuamos y pudimos alcanzar Thorong Phedi 3 días después.  Para ese momento estábamos a 4600 msnm y no sabíamos lo que nos esperaba. Había planificado la ruta para que Laura, mi esposa, no sintiera tanto el complejo recorrido, pero ya comenzaba a notarse su angustia.  Aquella velada, como de costumbre, cenamos Dal Bhat -arroz y lentejas-, y nos reunimos los que quedábamos al rededor del horno para planear el cruce mientras una tormenta de nieve azotaba el campamento. El termómetro marcaba -30C.  Acordamos salir a las 4:30 para llegar al High Camp a las 7:00 y cruzar a las 11:00 para evitar la brisa de los Himalayas.  Todos estábamos nerviosos.  Ese era el momento esperado.  Tendríamos que pasar por donde fallecieron las 44 personas (incluidos 3 sherpas) y nosotros no teníamos guías ni cargadores: éramos simples turistas tratando de parecer profesionales.

Pasé muy mala noche, estaba preocupado por Laura porque la veía insegura.  Aun así, nos reunimos a la hora cuadrada y fuimos los segundos en salir.  El cielo estaba despejado y se podía ver el espinazo de la noche con toda claridad e intuir la inmensidad del cosmos, la mayoría eran estrellas parpadeantes y se veían las fugaces rozando para pasar la impresionante franja blanca que dibujaba un arco completo en el cielo junto a nebulosas tenues como manchas blanquecinas, lejos de las luces de la ciudad.   En ese momento pensé en todos los paisajes vistos hasta ahora y que habíamos dejado atrás.  Cuando se camina por largo tiempo, con todo lo que necesitas en una mochila, la cabeza comienza a encontrar respuestas a varios interrogantes de la vida que solo se desenvuelven en los momentos precisos.  En mis cavilaciones, mirando las estrellas y recordando a Santander, Laura cayó tendida en la nieve y con llanto me dijo que no podía más, que no lo lograría.  Llevábamos 40 minutos subiendo, 150 metros más arriba del punto de partida.  Traté de persuadirla, pero ella se había reventado como los ciclistas en el Alpe d’Huez.  

Poco a poco seguían pasando nuestros compañeros sin decir nada.  Ellos entendían lo que pasaba.  Nos devolvimos entre llanto y angustia.  Para mí era frustración.  Yo intuía que podríamos lograrlo, pero el pánico se había apoderado de ella y a mí, como su esposo y amigo, me tocaba permanecer a su lado.  Llegamos nuevamente a Thorong Phedi con el sol saliente y el frío de la madrugada.  Ordené un té negro y me senté a analizar la situación.  Laura seguía en llanto angustiada.  Pensaba en lo que nos tocaba para volver.  Tardaríamos 2 días a Manang y otros 3 a Chame.  Desde allí, tomar un Mahindra por 12 horas hasta Besisahar descendiendo cerca de los precipicios que habíamos pasado caminando y zarandeándonos entre las desastrosas carreteras de Nepal.

Seguía en mi melancolía sin ver nada.  Éramos los únicos allá arriba, el resto había seguido.  Pensaba negativamente y la rabia me invadía.  Pero Dios trabaja de formas extrañas.  Hundido en mis cuitas, Laura se acercó y me abrazó.  Me dijo: “intentémoslo otra vez.  Disculpa mi reacción, sentí que me ahogaba y me asusté.  Pero creo que es susto y ya”.

Eran las 8:00am y ya era tarde, pero las condiciones eran perfectas.  

Pensé en que si no lo hacíamos en ese momento quizás no habría otra oportunidad.  No sé si era irresponsable hacerlo, pero la vi tan decidida que cogí su mochila y arrancamos con una nueva estrategia: subiríamos muy despacio, pero avanzando siempre.

Ya habíamos pasado los 5000 msnm cuando comencé a sentir el cansancio.  Laura, por el contrario, seguía a buen ritmo y se adaptaba mejor que yo.  Era una lucha constante conmigo mismo: “¿Quién carajos me mandó a venir acá?”, “¿Por qué no nos devolvimos?”, “no voy a ser capaz”, y la lista de quejas continuaba.  Pasamos el lugar de la tragedia y coronamos Thorong La Pass a las 14:10. No hubo tiempo de descansar.  Un par de fotos y chao…. “no te volveré a ver. Pan comido” y levanté el dedo corazón derecho hacia la cima.  

Aunque el camino estaba marcado, la nieve nos llegaba por encima de la rodilla

Comenzamos el descenso con la esperanza de que fuera más sencillo, pero aquella bajada resultó ser la peor de las pesadillas, caminando entre la diarrea blanca de la montaña.  La nieve no nos dejaba avanzar tan rápido como esperábamos. Éramos los únicos.  Teníamos que apresurarnos porque si nos llegaba la noche podríamos caer por un abismo o hueco tapado por la nieve.  Hicimos lo mejor que pudimos y tocamos el valle a las 18:00.

Pocas personas pueden apreciar un atardecer como el que vimos aquel día. Ya en la tranquilidad de la planicie y sin nieve, agradecimos al creador la buena fortuna y la oportunidad para ver el sol cayendo como una lagrima de alegría.  

Ninguno se imaginó vernos de nuevo

A las 20:30 llegamos. Allí estaban algunos compañeros que celebraron nuestra llegada.  Ninguno imaginó vernos de nuevo.  La valentía de Laura no fue mermada y en lo que continuó de la caminata, cada vez que nos encontrábamos con alguno de los que habíamos perdido antes del paso, la felicitaban por su esfuerzo.  La verdadera valentía no viene de las personas que tienen las aptitudes para enfrentar un desafío, sino de las que, en contra de todas las posibilidades, se enfrentan al gigante que las pisa sin misericordia una y otra vez convencidas que saldrán victoriosas.  Lo peor había pasado.

Terminamos nuestro recorrido en Tatopani, una pequeña población donde hay unas aguas termales.  Allí nos quedamos 3 días descansando.  Luego tomamos un bus brincón hasta Pokhara donde nos reunimos con todos los que cruzamos el circuito y celebramos navidad juntos. Para muchos, nuestro paso por los 5416 metros fue una irresponsabilidad, para otros una aventura.  Para mí, la irresponsabilidad no está en haber cruzado tarde o en haber asumido un riesgo calculado; Lo irresponsable hubiera sido aceptar que no íbamos a lograrlo cuando sabíamos que podíamos hacerlo, como todo en la vida.

Fueron 18 días caminando por el brutal circuito del Annapurna en Nepal, un verdadero reto y una valerosa experiencia.





Publicacion: Sabado 17 de Septiembre de 2022 
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